Hoy la tripulación artística se reunió en cubierta para embarcar en una nueva aventura de color. El taller del día se llamó “Pinceles al Sol”, porque entre risas, charlas y brochazos, parecía que cada cuadro tenía un pedacito de luz propia.
Nada más llegar, los tripulantes fueron tomando asiento frente a sus lienzos, como auténticos capitanes del arte. Sobre la mesa, las pinturas esperaban impacientes: amarillos que brillaban como mañanas de verano, azules que recordaban al mar tranquilo y naranjas que parecían recién sacados de un atardecer.
La monitora del taller, siempre con una paciencia digna de museo, explicó que hoy trabajaríamos paisajes sencillos. “Lo importante es disfrutar”, dijo. Y vaya si lo hicimos. Algunos pinceles se movían con elegancia….otros parecían tener vida propia y se escapaban hacia dónde querían, pero nadie perdió la sonrisa.
Mª Luz levantó su cuadro con orgullo: un horizonte cálido que parecía decir “aquí se está bien”. Marina, mientras tanto, aseguraba que su obra tenía un toque moderno….aunque todos sospechamos que simplemente se le volcó un poco de pintura y decidió convertirlo en arte abstracto.
Cuando terminamos, la sala parecía una pequeña galería: colores vivos, paisajes soñados y obras llenas de personalidad. Cada cuadro era distinto, pero todos tenían en común: estaban hechos con cariño y buen humor.
Así terminó nuestro día a bordo: con las manos un poco manchadas de pintura, los corazones contentos y la sensación de que, cuando pintamos juntos, el día siempre sale más bonito.

